No estás solo/a…

He experimentado una verdadera vergüenza durante todo el periodo que llamo “mi época oscura”. Me daba vergüenza decírselo a mis familiares y hay muchas personas en mi entorno que no saben por lo que pasé (y paso). El estado de vulnerabilidad es absoluto y no me gusta que me vean débil, en fin. Soy una experta en que no se note que estoy mal. Mucha gente padece este trastorno a lo largo de un periodo de su vida y no por ello eres ningún bicho raro. Estás pasando por un mal momento, simplemente. Un mal momento que se superará y habrás aprendido mucho más de ti durante ese periodo de lo que podrías haber imaginado.

 Desde el principio lo comparé con una úlcera en el estómago. Todo el mundo sabe lo que es una úlcera. Por un lado, si dices que tienes una úlcera, nadie se estremecerá, pensará que estás loco o cualquier tipo de pensamiento de este orden. Si tienes, por ejemplo, pánicos, me da la sensación de que para empezar, no se sabe el sufrimiento que eso ocasiona a la persona que lo padece. Por otro lado, si has tenido una úlcera en el pasado, deberás de tener cuidado con lo que comes, deberás atender más a tu dieta. Lo uno con la ansiedad: si has padecido de ansiedad deberás estar atento a ella cada vez que tengas las primeras señales de alerta; deberás estar atento a las situaciones que te provocan ansiedad. Deberás cuidar de ti, como si hubieras pasado por una úlcera de estómago.

 ¡A mimarse! ♥

 


Escúchate

♥ Si quieres hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces él se vuelve tu compañero. Nelson Mandela.

El gran problema surge cuando nos asustamos de lo que sentimos, cuando las sensaciones físicas se convierten en una alarma más que en un aviso. Lo primero que considero que es importante para mejorar es darse cuenta de las formas en que se manifiesta nuestra ansiedad, situarla, saber que lo que nos ocurre es ansiedad. Después  y alternativamente aprender a canalizar la ansiedad a través de ciertos mensajes que nos mandamos, así como técnicas de relajación y respiración que ayudan a que la respuesta de ansiedad vaya descendiendo. 

Es fácil asustarse de lo que nuestro cerebro muchas veces nos está diciendo que ocurre, de que la presión que sentimos en el pecho sea considerada un problema serio o cualquier otro tipo motivo de preocupación. El cerebro no discrimina entre algo que sucede de verdad y algo imaginario. Cuando se sufre una patología de ansiedad se busca amenaza donde realmente no la hay, y muchas veces, de tanto activarse, salta en momentos en que no tendría que saltar. 

Hay que buscar dentro de uno, estar muy pendiente desde por la mañana en cada cosa que nos hace que salte la alarma. La ansiedad se va ‘acumulando’ durante el día y muchas veces no sabemos por qué nos ha saltado la alarma. Un ejercicio importante es buscar qué acontecimientos nos han alterado, nos han hecho estar mal, qué tipo de pensamientos hemos tenido y cómo hemos ido reaccionando ante ellos. 

Una vez que vas identificando tus respuestas de ansiedad, vas entendiéndote y conociéndote mejor. Es importante ser constante e ir día a día poniéndonos un estetoscopio imaginario para averiguar en qué momentos nos sentimos peor y la causa. 

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La ansiedad es de unos pocos

♥ En cada amanecer hay un vivo poema de esperanza, y, al acostarnos, pensemos que amanecerá. Noel Clarasó

A todos nos puede pasar en cualquier momento. La ansiedad no es cosa sólo de unos pocos, yo ahora veo personas con problemas de ansiedad por todos lados. Probablemente, para algunos, no suponga un problema serio en su vida, no les lleve nunca a un ataque, pero la ansiedad no permite que llevemos una vida normal, que veamos las cosas con la calma que se requiere o que disfrutemos de las situaciones que están ocurriendo en el momento presente. Cada uno ha tenido una infancia diferente, unos padres y un círculo social concreto. Todo lo que hemos vivido es parte de nosotros. En mi caso, he vivido muchas circunstancias que me han disparado la ansiedad, por contar un hecho que me disparó la ansiedad al límite cuando era niña, fue un ataque severo de perro.

De todas las maneras hay muchos condicionantes que, además, de la educación recibida, el carácter que tenga cada uno. Se habla de una predisposición por genética en muchos sitios. No soy especialista en el tema para hacer tal afirmación pero considero por todo lo leído que, a pesar de que tengamos unas predisposiciones, si no hemos aprendido a tener un cierto grado de higiene mental, nos puede pasar a todos.

Los “¿Y si suspendo?”, “¿Y si cuando haga la presentación, se ríen de mí?”, “¿si se cae el puente mientras paso?”, “No me van a coger en el trabajo, la entrevista va a ser un desastre” hay miles de pensamientos que pasan por nuestra cabeza continuamente de los que no somos plenamente conscientes que limitan o modifican nuestra forma de vida.

“A todos nos puede pasar que notemos un malestar físico. Tener mucho calor y notar la falta de aire en espacios muy concurridos, como unos grandes almacenes en rebajas. Notar que la cabeza nos da vueltas en las interminables colas para pagar, si estamos cansados o estresados. Notar palpitaciones en circunstancias que nos intimidan, como antes de hablar en público. Tener la impresión de que el corazón late de tal manera extraña, como si tuviéramos algún problema cardiaco y nuestro corazón quisiera pararse. Todos podemos tener de pronto una idea extraña, una imagen desagradable que nos viene a la mente. Por ejemplo, si estamos conduciendo por la autopista y de pronto pensamos: “¿qué pasaría si diera un volantazo?”. O si estamos a punto de hacer una presentación y nos decimos: “¿y si me empieza el pánico ahora, me quedo en blanco. Comienzo a sudar y me caen grandes gotas de sudor por la cara delante de todo el mundo?”.

Extraído de “Psicología del miedo: temores, angustias y fobias” Christophe André. Kairós. Pag. 296-297

Para ser sincera, esta sensación la tuve hace sólo unos días. Estaba rodeada de miles de personas, ya que estaba en un festival. Caminé durante mucho tiempo esquivando gente que llevaba bebiendo horas y estaba de fiesta, haciéndose fotos, saltando, riendo y con música altísima de fondo. La gente con la que yo había salido, no eran amigos propiamente. Son personas que he conocido hace muy poco tiempo y no hay suficiente confianza. Mi cabeza, aturullada del calor, de la música, del cansancio y de algunos golpes fortuitos, empezó el discurso conmigo misma:

Ansiedad-¿Y si me diera, de repente, un pánico? Ay, ay ¡qué miedo!
Yo-¡Pero si llevas meses sin tener ninguno!
A.- Ya, pero, mira, hay miles de personas. Si te pasara algo ahora sería dificilísimo salir de aquí.
Yo- Deja de decir tonterías. Estoy bien. (Pensamiento: piensa en otra cosa, céntrate en la música y la gente…).
A.- Ya, ya… piensa que si te pasara algo… no conoces bien a estas personas. ¿Qué pensarían? Estás a kilómetros de tu casa…
Yo- Mira el vestido de ese (esfuerzo por cambiar de tema). Jjajjaa… qué disfraz más divertido. Hala, qué persona más alta, ¡seguro que mide más de dos metros! Uy, ese perro, ¡qué bonito es!…

…Y al poco, estaba centrada en otras cosas. ¡Gestión conseguida! 🙂


Los problemas de ansiedad “se curan”

♥ Aprendí que el coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El valiente no es quien no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo. Nelson Mandela.

Cuando comienzas con las crisis te sientes derrotad@, atada por todos lados. Te sientes muy sola ya que quienes te rodean difícilmente pueden entender lo que te ocurre, atrapada en un pozo del que no puedes salir. Una lucha continua contra algo que no sabes cómo enfrentar.

La buena noticia es que las crisis de ansiedad y los pánicos se superan. A veces el camino es más largo del deseado pero el resultado es maravilloso. En mi caso la ansiedad ha servido para conocerme mejor, para saber quién soy, me reencuentro conmigo misma cada día. Cuido mucho más de todos los aspectos de mi vida: desde la alimentación, deporte, higiene social, entretenimiento, creatividad, etc. Mi vida, sin duda, ha dado un vuelco. Estoy segura de que todavía estoy en parte de ese proceso y quiero compartir algunas de las fórmulas a lo largo de este Blog que me han permitido estar bien actualmente.

Transcribo unas palabras que leí hace meses en el libro de Jorge Bucay, en “De la autoestima al egoísmo”(RBA Integral), pág.108. libro recomendadísimo:

“… en realidad el ataque de pánico no es una enfermedad del miedo, es una enfermedad de la ansiedad. La confusión se genera por un problema de traducción. El pánico es el ataque de ansiedad aguda y, en general, no tiene que ver con el miedo. En todo caso tiene que ver con el susto del paciente cuando se da cuenta de lo que siente y de los pensamientos catastróficos que no puede evitar. (…) la buena noticia para el 30% de la población urbana que padece esta patología, según las últimas estadísticas, es que es una de las pocas enfermedades que se cura siempre. (…) siempre quiere decir que, más allá de que haya que encontrar el camino de salida de cada paciente, si éste es consecuente, en un cien por cien de los casos el problema tiene solución. No olvides que es un problema relacionado con la ansiedad aguda y no con el miedo”.

¿Interesante, no?

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Cómo empezó todo

Cuando me dieron las primeras crisis de ansiedad, no imaginaba ni por asomo que eso que le estaba ocurriendo a mi cuerpo y a mi cabeza fuera ansiedad. Había oído mil veces: ataque de ansiedad, crisis de nervios, me cuesta respirar por los nervios, la ansiedad se somatiza, etc. Pero no sabía que yo padecía ansiedad.

Consideraba que me conocía bien en un principio (nada más lejos de la realidad), pero nunca me había planteado que tenía verdaderos problemas con la ansiedad. Es más, llevaba toda la vida sufriéndola sin darme cuenta de que “eso NO era normal”. Nadie me había explicado que se podía vivir de otra manera. Vamos, supongo que como en otros aspectos de nuestras vidas, estamos acostumbrados a vivir de una determinada manera y no cambiamos lo que nos angustia, aquello que no es justo con lo que queremos de nuestra vida: problemas continuos en casa; que nos llamen tonto; que nos controlen obsesivamente nuestros padres, parejas; a estar descontentos con nuestra vida o trabajo y resignarnos a ello, etc. Considero que nos acostumbramos a un estado que nos hace daño porque lo hemos vivido durante mucho tiempo y lo tenemos, digamos, normalizado.

Gracias a que estaba recibiendo ayuda terapéutica en ese momento, enseguida me explicó mi terapeuta qué era lo que me ocurría y que no me tenía que asustar pensando en que me iba a morir. Yo, por aquellos momentos, me tranquilicé ya que, racionalmente, sabía qué era lo que me pasaba y lo que ocurría en mi cuerpo. No fue así, tardé meses en tener una vida normal. E, incluso, después de estar algunos meses muy tranquila, volví a recaer. Durante este periodo en que no me dio ningún pánico, pensaba con toda seguridad que eso no me volvería a pasar pero me confié y no cuidaba verdaderamente de mí como debía. Y es que superarlo lleva un tiempo.

He de hacer un apunte importante: la ansiedad ha sido mi mejor maestro de la vida.

Las dificultades estAn destinadas a despertarnos


-La princesa y la lucha con el terrible monstruo del reino-

http://es.123rf.com/photo_12788536_dragon-y-la-princesa-en-la-torre.htmlÉrase una vez una princesa que quería caer bien a todos, que pensaba muy poco en su propio bienestar y demasiado en el de los demás. De princesa, en ese momento, tenía sólo el nombre. Se había olvidado de sus necesidades hacía ya mucho tiempo y, aunque no lo sabía, estaba muy perdida en su propio reino.

Un día, las cosas empezaron a complicarse mucho: los habitantes bárbaros de las tierras lejanas exigían que la princesa fuera hasta allá para que les diera unos conciertos musicales reales y unas charlas, y ella no quería hacerlo de ninguna de las maneras (no le gustaban nada las exposiciones públicas, ¡y esa menos!). El peso soportado en los últimos meses había sido agotador y cada día que pasaba y cada problema que tenía que solucionar se volvía un sacrificio.

Además no cuidaba nada su salud y experimentaba diariamente con diversos ungüentos exóticos, y una de las sirvientas estaba todo el día mirándola con desprecio y haciendo comentarios hirientes; ella no sabía defenderse ante tales ataques. El príncipe sólo pensaba en sí mismo y no se paraba a apoyar en ningún momento a la princesa: él estaba pensando irse a la parte norte del reino para poder ejercer mejor sus responsabilidades y, para ello, azuzaba los ánimos de ella para irse cuanto antes, sin tener en cuenta lo estresada que estaba por todos lados la decaída princesita.

Hubo una noche en que la princesa se despertó con el corazoncito acelerado pero, al poco, y extrañada por esa desconocida sensación, pudo volver a conciliar el sueño. Al día siguiente la situación se volvió a repetir pero esta vez no tuvo tanta suerte: la princesita había estado en el baile hasta muy tarde y no estaba con la cabeza lucida al cien por cien, por lo que se asustó y pasó gran parte de la noche despierta dando paseos por el pasillo, angustiada. Despertó al príncipe, el cual, sin saber qué le ocurría, le intentaba dar ánimos, consejos, sin resultado alguno. Ella creía firmemente que se moriría.

A partir de ese día la princesa vivió los momentos mas duros de toda su vida. Tuvo que enfrentarse a todo tipo de monstruos, vivencias y situaciones. Pero solo las vivía ella, dentro de sí. Su vida dio un vuelco. A partir de ahí, su vida se convirtió en su propia pesadilla.

Primero comenzó el corazoncito a quejarse, advirtiéndola de lo lejos que estaba de hacerle caso. Después fue su propia cabeza la que inventaba una suerte de disparates que le podían ocurrir al reino. Tardó tiempo en salir del agujero. Durante muchos meses no podía conciliar el sueño con normalidad: tenía miedo de dormirse, de quedarse sola. A los pocos minutos de quedarse traspuesta, se despertaba asustadísima, con un miedo aterrador y corría hacia el trono real para respirar tranquilamente y escribir en su “diario de tragedias” las cosas que más temía. Cada día, cada hora, suponía para la princesa un verdadero reto personal.

Aunque tenía gente que la quería, ninguno llegaba a entender el por qué de su estado anímico. Ellos entendían sobre todo tipo de problemas físicos, pero no de esta índole. Decían que siempre había tenido altibajos, que tenía que aprender a relajarse, que eso era por su falta de autoestima, y un largo etcétera. La pobre, luchando por lo que ella consideraba “supervivencia diaria”, se sentía agotada porque no recibía el amor y la comprensión que verdaderamente necesitaba en ese momento.

Gracias a una bruja buena de las tierras llanas, logró salir para adelante lentamente. Cabe decir, que gracias a ella se sintió menos sola. Nadie, en el entorno de la princesa, entendía verdaderamente lo que estaba ocurriéndole a la desconsolada muchacha. Encontrarse con esa bruja buena suponía una liberación al poder mostrarse tan vulnerable y frágil como estaba en ese momento. Cuando le hablaba, avergonzada, de dragones malignos y hechizos encantadores, ella con una delicadeza suprema y con su varita mágica le hacía entender que no estaba loca y que era una persona que merecía estar bien. La princesa hizo las tareas y responsabilidades que le competían. Llena de miedo pero con valentía, y poco a poco fue venciendo esos dragones.

A partir de ahí, partió a las tierras del norte montada en su caballo gris dejando a su paso el pasado que tanto la había atormentado y, desde las tierras lejanas, muy sola, tuvo que remover toda su vida para poder enfrentarse al peor monstruo que había visto jamás: el monstruo de la ANSIEDAD.